Por Mario Puente Raya, director ejecutivo de AMSAC
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La agricultura y el clima han ido siempre de la mano, pero, a medida que los eventos climáticos extremos se vuelven más frecuentes, los agricultores requieren más y mejores herramientas que les permitan hacer frente a los desafíos que plantea el cambio climático.
En la última década hemos experimentado cambios climáticos inéditos, lo que afecta de múltiples maneras los ciclos agrícolas. Esto, a su vez, genera impactos significativos en la seguridad alimentaria y en la economía. Algunas de las afectaciones más importantes del cambio climático en la agricultura son:
- Aumento de la temperatura. Las temperaturas elevadas tienen un efecto directo en los cultivos, ya que la mayoría de ellos tienen un rango óptimo de temperatura para su crecimiento. El incremento en la temperatura puede acelerar la maduración de los frutos y reducir su rendimiento y calidad nutricional.
- Cambios en el ciclo hidrológico. Ciertas regiones han pasado por sequías prolongadas, mientras otras sufren inundaciones. La escasez de agua para riego se ha vuelto un problema crítico, sobre todo en zonas que dependen de las lluvias estacionales. Estos cambios hacen que la planificación agrícola sea más difícil e incierta, y ponen en riesgo los ingresos de los agricultores.
- Plagas y enfermedades. El cambio en las condiciones climáticas facilita la proliferación de plagas y patógenos. Las temperaturas más cálidas y los cambios en los patrones de precipitación pueden ampliar el rango geográfico de insectos y enfermedades que antes estaban confinados a ciertas zonas. Bajo estas condiciones, el uso de más pesticidas puede parecer una respuesta, pero puede tener efectos negativos en el medio ambiente y la salud humana.
Los aportes de las semillas mejoradas
El escenario es complejo y, precisamente por ello, no existe una sola manera de hacer frente a los desafíos que plantea el cambio climático a la agricultura. No obstante, el sector semillero sabe, por décadas de experiencia, que las semillas mejoradas son una herramienta poderosa para mitigar algunos de estos impactos.
Las empresas semilleras realizan investigación y desarrollo para conferir a las semillas los atributos que los agricultores requieren. El desarrollo de semillas mejoradas es un proceso meticuloso que requiere prestar atención a factores como la genética, la inocuidad y la resistencia a plagas y enfermedades, por mencionar algunos.
En todo el mundo se llevan a cabo programas de investigación para producir semillas que cuenten con una excelente calidad genética, a fin de generar cultivos con plantas vigorosas que se adapten a las condiciones climáticas de cada región.
Un aspecto crucial para la industria de semillas mejoradas es la calidad fitosanitaria, pues el objetivo es producir plantas sanas, que resistan los embates de plagas y enfermedades que pueden encontrarse en el campo. El énfasis en estas dos características —la calidad genética y la fitosanidad— hace que las semillas ya integren atributos que favorecen un desarrollo adecuado de los cultivos incluso bajo condiciones climáticas desfavorables.
La resistencia a las sequías es otra característica en la que se trabaja desde hace tiempo para integrarla a las semillas mejoradas. En la actualidad existen semillas en el mercado que pueden contribuir a obtener el mismo producto con la misma calidad, pero utilizando menos agua. Si hay sequía, los agricultores pueden optar por sembrar semillas que consuman menos agua y, en lugar de requerir cuatro riegos, sean capaces de producir maíz, por ejemplo, con sólo con tres riegos.
Un objetivo más de nuestra industria es acelerar el desarrollo de semillas capaces de resistir a climas extremos. Con fenómenos climáticos como las sequías e inundaciones, garantizar la producción agrícola sostenible se vuelve crucial.
En el caso de las plagas, las semillas también pueden incorporar la resistencia o tolerancia a las mismas, por lo que el agricultor puede evitar o reducir el uso de agroquímicos para su control. Esto, a su vez, se traduce en beneficios para el medio ambiente.
Como puede verse con estos ejemplos, la investigación, el desarrollo y la innovación son fundamentales para garantizar que las semillas mejoradas tengan una buena germinación y cuenten con la capacidad de adaptarse a las condiciones climáticas cambiantes que vivimos en la actualidad.
Una agricultura de datos
Por último, no está demás señalar que la agricultura de nuestros tiempos es una agricultura de datos. La gran mayoría de las decisiones que se toman hoy en el campo están en función de los datos que los agricultores van recolectando durante su proceso de producción.
Y, sin duda, los datos climatológicos son esenciales para poder tomar decisiones sobre el tipo de semillas que se deben utilizar, el momento y las condiciones en que se debe realizar la siembra para que las plantas puedan desarrollarse de forma óptima.
En resumen, la investigación y los datos que arroja el campo son elementos vitales para adaptar las nuevas variedades vegetales a condiciones climáticas cambiantes.
Las empresas semilleras invierten en programas de investigación a mediano y largo plazo, pensando en que sus semillas deberán poder usarse en los próximos diez o veinte años. Dentro de esos programas las empresas ya tienen en consideración los retos que plantea el cambio climático: la necesidad de producir más con menos tierra, producir más con menos agua, y seguir siendo eficientes en la producción agrícola a pesar de las inclemencias del tiempo.
El objetivo de todo programa de investigación en semillas es que estas respondan a los desafíos de los agricultores, porque son ellos quienes deben producir bajo las nuevas condiciones ambientales.


